Soneto del fuego


Cuando sube la marea
y el horizonte se acuesta
surgen dudas sin respuesta;
enciendo la chimenea.

La dicción que el fuego humea
me ilumina y me contesta,
su armonía queda expuesta
y su voz me canturrea:

“¿Quíen prevendrá tu caída?
La noche todo subvierte,
te da la fruta prohibida.

La sabia edad te despierte;
misterios hay de la vida
que sólo aclara la muerte."


Samuel Álvarez Conejos

Resquicio de amor extraviado



¿Recuerdas cuando éramos libres?
Solíamos dejarnos atropellar por el viento y reírnos de las mareas,
construir fortalezas de arena, agua y esperanza,
respirar la brisa marina y mezclar su olor con el tuyo,
refugiar tu desnudez en mi abrazo,
combinar nuestras sonrisas para crear una eternidad.

¿Recuerdas cuando no conocíamos el miedo a correr riesgos?
La única preocupación entonces era dormir, soñar y amanecer juntos,
pringarte la boca de yogur con sabor a cereza,
perder de vista el reloj, el móvil y las costumbres,
viajar vendados los ojos a destinos insospechados,
escuchar sin suponer, compartir sin refutar, amar sin calcular.

Ahora sólo quedan los reproches de dos voluntades no satisfechas.
Los mejores amores son los que no se buscan,
y los peores desamores también.
Pero no me culpes por volver a pensar en que seas mi rutina,
por querer rescatar el sabor frutado de nuestro vino,
y pretender que sientas, una vez más, mi tinta en tu piel.



Samuel Álvarez Conejos

El soneto que te mereces


Te mereces el poema más querido;
no uno rápido, efímero y huidizo
cuales hojas de un otoño escurridizo
arrancadas por el viento hacia el olvido.

Te mereces un poema que recoja
en sus letras y estructura, tu fragancia;
en sus versos, ritmo y rima, tu elegancia;
y en su cuerpo, tu certeza y paradoja.

En tu pecho yo he encontrado mis recesos
y he dormido sobre el néctar de tus besos,
los que alteran mis silencios con recelo.

Has llegado hasta el abismo de mis ojos,
abrazando mis costumbres y despojos,
mereciendo así el amor de mi deshielo.


Samuel Álvarez Conejos

Qué será de mí, sin ser de ti


Aún a veces me pregunto,
cuando veo caer el sol,
qué fue de ti y de aquel otoño
en que las olas, a su son,
nos movían a contrapunto,
al compás del mar, y tu edredón.

¿Cuándo una flor desarraigada
deja de exhalarnos su olor?
¿Cuándo deja de tener vida?
¿Cuándo da su último adiós?
¿Cómo entender que en su mirada
solo queda el recuerdo de amor?

Dime así, en cuántos fragmentos
puede partirse un corazón,
y qué residuo es el que queda
después de conocer tu voz;
pues escucho «amor» y tiemblo,
no sé si por miedo, o emoción.


Samuel Álvarez Conejos

Tirita


Vienes entre sangre y fuego,
como bálsamo sutil
y primavera de abril,
dando vista al que es ciego.

Fuego incendiario en tus ojos,
cerveza, vino y anís,
colores se vuelven gris;
solo tus labios son rojos.

Alivia el dolor tu risa,
das vida donde morí,
quédate cerca, aquí,
que ya mi boca improvisa.

Ay, ay, amor de tirita,
que algún día te me irás
y en mi alma dejarás
otra cicatriz escrita.


Samuel Álvarez Conejos

Sequía


Hay sequía
en mis labios
y en mis letras,
en el mundo
y en sus guerras
tan lejanas,
tan ajenas
a mi acera.

Hay sequía
en mis nubes,
mi almohada,
sus caprichos,
mi esperanza...
En mis versos
no hay palabras,
pan, ni agua.

Melodía
son tus ojos,
tus mejillas,
tu tez rosa,
tersa, fría...
En tu cuerpo
muere viva
mi sequía.


Samuel Álvarez Conejos

Empezar de cero


Creíamos que nos faltaba algo por descubrir,
pero el tiempo enseña que a veces un “para siempre” dura apenas un instante,
y que recuperar aquel instante en que lo teníamos todo, es tan utópico como volver atrás
-al tiempo en que los sueños y los retos eran alcanzables, y se alcanzaban.

Ahora en la estantería sólo quedan algunos regalos rotos que no estaban destinados a perdurar.
No es culpa mía, ni tuya. De ninguno, o quizá de los dos.
Hemos sido como dos narizones intentado besarse.
Y yo todavía soy un cajón de errores por ordenar;
no sé si cada día me encuentro o me pierdo más.
A veces no sé, si debería pensar con el corazón o con la mente,
y me pregunto si soy cruel,
pero termino convenciéndome que lo cruel sería ver esperanza donde solo hay dos caminos empedrados que conducen a distintos lugares
y que simplemente se cruzan durante un instante eterno, para luego continuar cada uno su rumbo.

El horizonte se encuentra con la vista al cielo y el corazón en la mano.
Y me pregunto: ¿cuántas veces en la vida es necesario empezar de cero?
Y me respondo: las necesarias, supongo, hasta que uno acaba encontrándose a sí mismo.



Samuel Álvarez Conejos
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